La ilusión
Pensamos que las cosas ya no van a ir tan bien para protegernos de los disgustos, las decepciones de la vida. Tenemos interiorizado: si no me ilusiono, no sufro. Es más, para evitar el disgusto incluso nos anticipamos a él viviéndolo de antemano. De esta manera estamos instalados en un cinismo nihilista o un nihilismo cínico, como lo llamo yo, tanto para nosotros mismos como para cómo vemos el mundo (pero esto segundo es otro tema).
Nos perdemos algo mientras tanto. La ilusión da fuerza, da ganas de hacer cosas, hace que te pasen cosas. Anular la posibilidad de ilusionarte te hace perder siempre algo, aunque te pegues la hostia. Que no pase nada hace que todo vaya deprisa y sin dejar huella. Y nos empuja a anclarnos a la memoria. La memoria de la nostalgia lánguida (bella) y melancólica (bucólica) de cuando nos pasaban cosas: en la juventud.
Como “ver” es el último de los sentidos que desarrollamos emocionalmente, cuando lo tenemos afinado ya es demasiado tarde para la ilusión. Las cosas ya han pasado. Lo que pasa es todo lo que ocurre mientras lo haces. Pensar en lo que he pasado es todo lo que ocurre mientras lo ves. Cuando lo ves, ¿qué ilusión queda?
Podemos elegir entre ser cínicos, desprendidos, un observador de las vivencias que discurren por delante de los sentidos. O comprometidos y enfermos, un bañista en este mundo de mierda. Las dos son válidas.