Perspectiva
Sobre cómo luchar el fascismo.
La respuesta adecuada al fascismo no es la oposición política convencional. Es algo mucho más exigente. No se trata de buscar tácticas, sino de confrontación con principios. No de diplomacia discreta en privado, sino de testimonio público.
Este tipo de resistencia comienza con coraje moral: la disposición a decir la verdad incluso cuando implica costes sociales, riesgos profesionales o incomodidad personal. Requiere claridad moral, la capacidad de distinguir entre el desacuerdo político normal y las amenazas reales al funcionamiento democrático. Y exige resistencia cívica, una negativa a normalizar o aceptar la consolidación del autoritarismo.
Parte de esta resistencia consiste en saber donde no poner el centro de discusión. Cuando el debate público se obsesiona con lo trivial (cubrir con titulares cada demencia que dice Trump) mientras las vulneraciones constitucionales pasan desapercibidas, debemos insistir en donde está realmente el centro de atención, debe ser una perseverancia en recuperar la perspectiva.
Cuando en los medios de comunicación y redes sociales tratan la retórica fascista como algo meramente "polémico" en lugar de peligroso, tenemos que recuperar la claridad moral. El lenguaje importa porque define lo que estamos dispuestos a tolerar.
Igualmente importante es negarse a participar en el espectáculo fascista. La avalancha constante de escándalos, contradicciones y polémicas fabricadas no es casual (cubrir con titulares cada demencia que dice Trump). Es una estrategia diseñada para saturar la atención y dispersar el foco. Solo funciona si permitimos que nos arrastre. Resistir, en este sentido, es un acto de disciplina: mantener la atención en la amenaza real en lugar de perseguir cada nueva distracción.
Cuando alguien minimiza las vulneraciones constitucionales como si fueran simple política, hay que hablar. Cuando se equiparan los fallos de la democracia con ataques autoritarios, hay que señalar la diferencia. Cuando el cinismo lo invade todo y se recurre al “todos son iguales”, hay que insistir en que las diferencias importan.
Porque sin verdad no hay claridad. Y sin claridad, ninguna forma de oposición puede sostenerse.
Para los observadores pasivos: la ignorancia no protege. Porque desconocer y no actuar contra las fuerzas que moldean la sociedad no te exime de sus efectos; simplemente te deja a su merced.